lunes, 17 de noviembre de 2008

la extraña libertad

La extraña libertad




Queriendo dar rienda suelta a mis adentros, siempre en continua lucha, no me haría más feliz, que de manera sencilla, sacar lo que en el sótano yace ya por mucho tiempo.
Casi siempre preguntando, a mi carcelero, que por qué no destierro, que esta inhumana umbría me dejará tonto además de ciego.
El buen hombre, corto en palabras pero profundo en su mirada, decía cada vez que escuchaba mis retahilas: “yo soy no más que un mandao. Hago mi trabajo, que es el de obedecer lo que me mandan. Y tú deberías sacarle más provecho al trozo de pan y vaso de agua, que buenos acompañantes son del silencio”.
Para lo poco que hablaba que jodido era escucharlo. Un atisbo de razón siempre asomaba en su duro hablar.
Así que un día me imaginé que el pan estaba repleto de buen jamón, y que el agua era un excelente vino, y aunque saciado no quedé, y la borrachera no se cruzó por allí, me dejó de regalo imaginar el placer de lo poco que me rodeaba.
Al día siguiente, esperando de nuevo el festín, pensé a quién podría invitar, pues para excelente guisa es bueno compartir honores. Repasando la lista de invitados fui, uno a uno, desechando. A Braulio por gordinflón, temiendo quedarme sin manjar que probar. Ernesto, en principio, quedaría invitado pero tan escrupuloso es que por donde pase boca ajena el por allí ni se arrimaría. Y María? Que delicia. Podría tomar jamón, buen vino y después a ella. Pero donde existe mujer no hay calma, y malos son los desequilibrios y los nervios, que encerrado entre cuatro paredes se hacen peores enemigos. Así que convine en invitar mejor a mi pequeño amigo, ese que siempre se encuentra callado y jugatón. Triste en ocasiones, pero inmensamente alegre pasa más días!! Además come poco.
Ya, a la hora de la comida, con todo preparado en mi celda, mantel de hoja de periódico, con sillas de ancho suelo, la perfección iba adquiriendo, poco a poco, su magnífico esplendor. – A ver Don Agustín aquí tiene su ración- dijo el carcelero, en tono monótono y poco alegre. – Pase, pase por favor, no se quede ahí fuera, y sírvanos como Dios manda hombre. Que no hay mayor deleite para el alma que el hacer las cosas con gusto.
Servida la comida, quise pedirle un favor al camarero alguacil, si podría ser un poco más generoso con el jamón, que había invitados, y era de mal anfitrión ir con racanerías. Por lo que me respondió, que estaba tonto sin cura. Pensé que se estaba jugando la propina. Al final todo salió bien, satisfechos de tal banquete no pudimos resistirnos a una buena siesta. El despertar fue un tanto raro, algo había ocurrido con los barrotes de mi celda, que ya no estaban. Quizás el vino que, con sus pequeños excesos, no había manera de despertar del sueño. Pasado un tiempo, sin que el alguacil por allí se arrimara, muy lentamente me dirigí hacia la puerta, como alguien que anduviera hacia el abismo, pero sin traspasarla. Los pasillos de la cárcel estaban mudos, y a uno que pasaba por allí, corriendo de arriba para abajo le pregunte.- Chs, chs, qué pasa?
- Somos libres tío!!
- Pero que ha pasado?
- Parece que todo se ha evaporado. Ni ley, ni gobierno, nada tío!! Tan sólo quedamos gentes que van de un lado para otro.
Fue una sensación de tanto miedo la que me corrió por el cuerpo que no reaccioné en varios minutos. Al tiempo seguí viendo a aquel hombre corriendo por el pasillo, alegre, frenético, como poseído.
Tanto tiempo deseando tan grata oportunidad que decidí no pensar. Empecé corriendo tímidamente, y, poco a poco, mi carrera se llenaba de sentido, de alegría. Corría, no sólo con mis piernas. Volaba poseído por el espíritu libre, por la incertidumbre extraña y por el deseo.
Corre, corre, no te pares. Me decía a mi mismo.
Así estuve horas y horas, alternando las correrías con periodos de exhausto agotamiento y deliciosas siestas. Dormía en cualquier celda, en cualquier rincón.
En uno de aquellos descansos me pregunté por lo que estaría pasando fuera de los muros. Hasta ahora no me lo había planteado, es raro, pero lo lógico hubiera sido aprovechar la oportunidad, y salir pitando, pero no lo hice. Demasiado acostumbrado, demasiado domesticado, demasiado lleno de cosas que no sirven, demasiado educados en la ficticia realidad.

1 comentario:

Unknown dijo...

Esto es muy hermoso.Bendiciones por cada impulso de plasmar tu alma. Maya