miércoles, 8 de junio de 2011

15M

ESPERO QUE LOS QUE SE SIENTAN ALUDIDOS POR ESTE MOVIMIENTO DESCANSEN UN POCO INTRANQUILOS, PUES DEBERÍAN TENER PRESENTE QUE ESTE CADUCO SISTEMA ECONÓMICO DEBE TRANSFORMARSE EN ALGO MÁS TRANSPARENTE.
PERO CREO QUE HAY QUE HACER ENTENDER QUE LAS GRANDES FORTUNAS NO PUEDEN MARCAR EL DEVENIR TAN PENOSO DE LA RAZA HUMANA. HAY QUE DELIMITAR EL PODER QUE DA A UNA PERSONA O GRUPO EL TENER TANTO DINERO Y ESO LOS GOBIERNOS NO LO HACEN.

SER RICO NO ES MALO. DIGO YO QUE ALGUNAS DE LAS FORTUNAS QUE RUEDAN POR EL PLANETA NO ESTARÁN BASADAS EN LA ESPECULACIÓN, PERVERSIÓN, O LA DESHUMANIZACIÓN, Y POR ENDE ESTARÁN AYUDANDO EN PROYECTOS QUE DIGNIFICAN LA CONDICIÓN HUMANA.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El Mundo siempre avanza

En ocasiones las fuerzas fallan y hay que dejarse llevar, no hay otra. Acomodados o no en nuestras vidas fluye, de vez en cuando, la trágica noción de una existencia al borde del abismo, no propia sino mundial, que a la postre es más nuestra de lo que se cree. Digo de vez en cuando siendo optimista, porque cuánto condiciona este pensamiento nuestras vidas, cuánto engaño nos encamina sin saberlo, cuánto hay de verdad en todo. ¿Somos capaces de delimitarnos, de poner las fronteras en su sitio para que no nos invada la miseria ajena, o para darnos cuenta de hasta dónde llega la propia?

lo que quiero decir es que muchas veces la escusa, falsa o verdadera, que nos brinda el entorno nos hace justificar nuestras propias limitaciones, actuaciones, incluso una vida entera. Eso es mucho.
El MUndo puede que reviente, que estemos al borde de no se qué y puede que pase porque como todo ser en continua evolución necesita transformarse, morir y resucitar. Por eso digo que el Mundo siempre avanza y nosotros como el debemos resucitar, de vez en cuando si es posible, y no olvidar como lo hizimos. Cuando la esperanza y el ánimo no se asienta en nosotros
es porque no hemos entendido y eso no significa el fin de nada sino el principio de algo nuevo que está por venir, si lo intentámos, si lo deseamos, si queremos y podemos. Sería bueno aprender y como consecuencia lleguemos a amar.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Nuestro tesoro

Te perdonas conforme vas conociéndote y vas haciendo las cosas de manera diferente, y así, poco a poco, vas amándote. Hasta que no aplicas el amor necesario a aquello hacía donde la vida te lleva continuamente un@ gira sin parar, intentando, aunque no se sepa, coger el mismo tren. La estación será otra, el entorno, los actores, un escenario diferente para representar la misma función. La vida es cíclica y el amor es la llave de la libertad, de la ruptura. El amor es la gran necesidad, el amor es el cambio, un principio y un fín.

Y cómo se ama?. La respuesta requiere una gran práctica para ser contestada. Una práctica única que requiere un perdón que desconozco.

No sé si llegaré a amarme porque perdonarse no es tarea fácil. Creía que perdonarse era un concepto abstracto carente de movimiento, una simple aceptación de tus errores, sin más. Pero no, el perdón te llega haciendo bién lo que hasta ahora no podiás, porque lo desconocías. Debería ser fácil descubrir tus dinámicas, y luego corregirlas. Debería la mente ser más débil que el corazón. En ocasiones rechazamos tareas por imposibles que son, nos justificamos e intentamos librarnos. Pero si la casualidad no existe, algo que se nos muestra debe ser porque requiere de nuestra atención, y ya se sabe que lo que no mata nos hace fuertes. Y si morimos que sea por intentarlo, porque siempre habrá más escenarios, más vidas, más oportunidades, pero también más dolor. Así que mejor aprovechar la oportunidad cuando se nos brinda, con decisión, con ánimo. Nuestro tesoro parecía un espejismo, en ocasiones nos confundía y ahora se muestra como la auténtica realidad. PACIENCIA



comprensión______acción_______perdón_______amor

Cuatro pasos con miles de variantes

lunes, 17 de noviembre de 2008

la extraña libertad

La extraña libertad




Queriendo dar rienda suelta a mis adentros, siempre en continua lucha, no me haría más feliz, que de manera sencilla, sacar lo que en el sótano yace ya por mucho tiempo.
Casi siempre preguntando, a mi carcelero, que por qué no destierro, que esta inhumana umbría me dejará tonto además de ciego.
El buen hombre, corto en palabras pero profundo en su mirada, decía cada vez que escuchaba mis retahilas: “yo soy no más que un mandao. Hago mi trabajo, que es el de obedecer lo que me mandan. Y tú deberías sacarle más provecho al trozo de pan y vaso de agua, que buenos acompañantes son del silencio”.
Para lo poco que hablaba que jodido era escucharlo. Un atisbo de razón siempre asomaba en su duro hablar.
Así que un día me imaginé que el pan estaba repleto de buen jamón, y que el agua era un excelente vino, y aunque saciado no quedé, y la borrachera no se cruzó por allí, me dejó de regalo imaginar el placer de lo poco que me rodeaba.
Al día siguiente, esperando de nuevo el festín, pensé a quién podría invitar, pues para excelente guisa es bueno compartir honores. Repasando la lista de invitados fui, uno a uno, desechando. A Braulio por gordinflón, temiendo quedarme sin manjar que probar. Ernesto, en principio, quedaría invitado pero tan escrupuloso es que por donde pase boca ajena el por allí ni se arrimaría. Y María? Que delicia. Podría tomar jamón, buen vino y después a ella. Pero donde existe mujer no hay calma, y malos son los desequilibrios y los nervios, que encerrado entre cuatro paredes se hacen peores enemigos. Así que convine en invitar mejor a mi pequeño amigo, ese que siempre se encuentra callado y jugatón. Triste en ocasiones, pero inmensamente alegre pasa más días!! Además come poco.
Ya, a la hora de la comida, con todo preparado en mi celda, mantel de hoja de periódico, con sillas de ancho suelo, la perfección iba adquiriendo, poco a poco, su magnífico esplendor. – A ver Don Agustín aquí tiene su ración- dijo el carcelero, en tono monótono y poco alegre. – Pase, pase por favor, no se quede ahí fuera, y sírvanos como Dios manda hombre. Que no hay mayor deleite para el alma que el hacer las cosas con gusto.
Servida la comida, quise pedirle un favor al camarero alguacil, si podría ser un poco más generoso con el jamón, que había invitados, y era de mal anfitrión ir con racanerías. Por lo que me respondió, que estaba tonto sin cura. Pensé que se estaba jugando la propina. Al final todo salió bien, satisfechos de tal banquete no pudimos resistirnos a una buena siesta. El despertar fue un tanto raro, algo había ocurrido con los barrotes de mi celda, que ya no estaban. Quizás el vino que, con sus pequeños excesos, no había manera de despertar del sueño. Pasado un tiempo, sin que el alguacil por allí se arrimara, muy lentamente me dirigí hacia la puerta, como alguien que anduviera hacia el abismo, pero sin traspasarla. Los pasillos de la cárcel estaban mudos, y a uno que pasaba por allí, corriendo de arriba para abajo le pregunte.- Chs, chs, qué pasa?
- Somos libres tío!!
- Pero que ha pasado?
- Parece que todo se ha evaporado. Ni ley, ni gobierno, nada tío!! Tan sólo quedamos gentes que van de un lado para otro.
Fue una sensación de tanto miedo la que me corrió por el cuerpo que no reaccioné en varios minutos. Al tiempo seguí viendo a aquel hombre corriendo por el pasillo, alegre, frenético, como poseído.
Tanto tiempo deseando tan grata oportunidad que decidí no pensar. Empecé corriendo tímidamente, y, poco a poco, mi carrera se llenaba de sentido, de alegría. Corría, no sólo con mis piernas. Volaba poseído por el espíritu libre, por la incertidumbre extraña y por el deseo.
Corre, corre, no te pares. Me decía a mi mismo.
Así estuve horas y horas, alternando las correrías con periodos de exhausto agotamiento y deliciosas siestas. Dormía en cualquier celda, en cualquier rincón.
En uno de aquellos descansos me pregunté por lo que estaría pasando fuera de los muros. Hasta ahora no me lo había planteado, es raro, pero lo lógico hubiera sido aprovechar la oportunidad, y salir pitando, pero no lo hice. Demasiado acostumbrado, demasiado domesticado, demasiado lleno de cosas que no sirven, demasiado educados en la ficticia realidad.

jueves, 13 de noviembre de 2008

También Dios se viste de niña























Dedico este cuento a la persona que me hizo despertar de mis miserias. Y sobre todo a María José y a mis hij@s, que estando a su lado me recuerdan, cada día, como se debe andar el camino







Debo reconocer que buscar trabajo ahí fuera me da asco. Todo, o casi, está con ese halo de mierda que hace que uno se sienta prisionero, más que cualquier otra cosa. Por supuesto, en las relaciones personales de trabajo, en muchos casos, en todos, se huele a mierda, a no ser que estés tú sólo. Entonces si se huele ya te puedes hacer una idea de por dónde van los tiros.
Más que el tiempo, es el dinero que baja en mi cuenta a salticos nada despreciables. Saltos que tengo yo que empezar a dar para no verme sin un duro.
Ya no digo eso de: voy a buscar un trabajo para conseguir dinero, no. Haber si de esa forma la vida ofrece alternativas. Una manera directa es decir, necesito dinero, qué hago? Cómo lo conseguiré?
Forzosamente la respuesta, por otro lado, parece evidente. Pero últimamente las evidencias escasean en este tinglado de estiércol, muy necesario a la hora de cultivar para que halla un aporte rico de nutrientes, pero mierda sobre más mierda es igual a más peste que el copón.
En demasiadas pocas frases ha aparecido reiteradamente la palabreja “mierda”. Puede que hoy esté poco optimista, nada de eso!!. Es que ella está por todos lados. Hoy, sin ir más lejos, estaba en unas de mis playas favoritas: El Portús.
La playa era la viva representación de un desembarco, pero de botes, plásticos, trozos inclasificables y demás artefactos de mierda, uy perdón!! Que provenían de dos barcos que esperaban entrar a puerto.
Todo esto se ve cuando uno no trabaja y tienes un poco de tiempo para ver que ocurre a tu alrededor. Pero pronto uno debe moverse en búsqueda de trabajo, que es como asistir a un parto, no se sabe que pasará. Uno, a veces, atraído por la curiosidad, o simplemente por la necesidad, acude a cada sitio que no tiene nada que ver ni con lo que sabe hacer, porque apetece cambiar de oficio y experimentar, ni con su conciencia. Algo que, poco a poco, va transformándose en una compañera de viaje insoportable si decides no escucharla, claro está !.
- Buenos días, qué desea?
Uno se lanza con su frase hecha y rehecha, estudiada, planificada, calculada para que cada palabra se ajuste perfectamente a cada momento. Es decir, no sólo tu boca habla, todo tu cuerpo lo hace e irradia una disponibilidad, simpatía y unas ganas de comerse el mundo que te hacen merecedor, sino de un puesto de trabajo por lo menos de un Goya a la mejor interpretación. Pero como uno es tímido, y lo de actuar no le va, pues a poco que dure el intercambio de palabras, más allá de un minuto, en tu receptor empiezan a aparecer gestos por los que uno creé que está siendo cazado. Y te sientes tan gilipollas, que no sabes cómo salir del show que has montado para pedir trabajo de camarero sirviendo hamburguesas.
Y es que claro, para cualquier trabajo hay que tener un currículo más extenso que un piloto a punto de jubilarse. Y no!! No creas que vas a pilotar un avión comercial, o un caza de combate. Vas a llevar la moto más cutre que queda para repartir pizzas, porque has llegado el último. Así que arrancas tu joya, que esa es otra, porque en el momento que ves un pequeño charquito en el suelo, debajo de su motor, piensas, perderá la moto? Será aceite o gasolina? El caso es que, en principio, ese es un problemilla que por ahora no transciende. El verdadero problema es que tú no vives en esa ciudad, no conoces una calle, y la pizza se enfría.
Bueno, pues uno arranca, sale como una bala y a la segunda o tercera curva abres el mapa, haber si esa calle existe o es una putada del encargado, porque uno ya no se fía de nada.
Si, menos mal, parece que existe! De las pequeñicas, periféricas.
Recoges tu mapa. Arrancas, arrancas –y esto por qué no arranca-. El charquito en el suelo, piensas. La madre que lo parío! La pérdida era de gasolina.
Uno va sin pasta. Bueno! La de la pizza, y el cambio que tienes que entregar.
Qué hacer? Primer día de trabajo y el Mundo te va a merendar con una moto cutre y una pizza asquerosa, por favor que forma es esa de morir!! Ánimo chaval, que de otras peores has salido. De repente, sin saber por qué, tu vida se ve envuelta en una cruzada de talante épico, con visos de un desenlace excitante que va requerir de toda tu audacia y templanza. El Mundo te pone ante ti una increíble aventura.
- Puedo ir a la gasolinera más cercana, y pagarle al tío con una porción de pizza, que sueltas son dos euros, por lo menos, o con el cambio, y luego al cliente le cuento la historia, porque es la verdad. Y ya le llevaré el cambio cuando salga de currar-.
Con tanto pensar uno ya lleva un tiempo considerable, que nadie dice cuál es, pero todos saben que en diez minutos ya tienes que estar en el trayecto de vuelta.
Sube la adrenalina, te imaginas a tu encargado, con esa pinta de mosquito muerto, crucificándote a tu llegada, despreciándote, haciéndote indigno de ser un fiel caballero, y lo más seguro es que te contará que con aquella moto repartió el su primera pizza. Y todos te observarán, y tú creerás que no sirves para nada, ni para repartir una asquerosa masa de harina decorada a pinceladas de extrañas y finísimas lonchas de, carne?
Miras el reloj, el tiempo pasa rápido. La gasolinera, dónde? Mejor será mover el culo rápido. Así que dejas la moto, le pones el candado y echas a correr con el mapa en una mano, la pizza en otra. Tú corres moderadamente, la gente te observa, te sientes el protagonista, eres el protagonista. Ahora tu carrera es más viva. La pizza y tú sois uno.
Darías la vida en tu misión. La gente empieza a molestar, empujas a unos cuantos inútiles que van por la acera, como si fueran paseando por un huerto con flores. Esto es una ciudad: asfalto, cemento, vidrio, nada que merezca la pena observar. Te paras en una pequeña calle, no deben ver que te paras, qué pensarían: “vaya un repartidor más patético”. No!! Hay que esconderse; prepararse mejor; ver si la ruta es la correcta y seguir. Abres la caja de la pizza, sigue allí. Alguna que otra oliva se ha separado de la masa, como un ojo que se sale de su órbita. Intentas ponerla en su sitio, quieres que todo vaya perfecto. Aunque el sabor a gasolina que dejas con tus dedos manchados no le importe a tu cliente. Quizás piense que es un sabor más explosivo, de esos que se inventan cada dos por tres los creadores de marketing comercial.
Perfecto, no tienes ni puta idea de dónde estás. Pero intuyes que vas bien. Para que vas a preguntar, tú puedes. Comienzas tu carrera con aire intrépido, zigzagueas entre los monótonos transeúntes que no apartan su mirada de ti. Mientras corres piensas que esa calle es muy periférica, tremendamente periférica, extraperiférica.- Quién se quiere ir a vivir tan lejos del centro, si lo que quieres es ciudad.-

De repente tu carrera para de golpe, tu adrenalina no ha hecho más que empezar a multiplicarse por tu sangre. El busca suena, tu encargado te llama. Qué haces?. Juegas a que no lo oyes, buscas una cabina y hablas con él, y se lo explicas todo?. No, no!! Uno tiene su honra, su orgullo. Así que empiezas a correr más y más. Has decidido una dirección, más o menos correcta, y no la dejas. Fiel hasta la muerte. Cruzas un puente, por la imagen parece que has llegado en la periferia. El tráfico es menos denso que el sudor que te corre por todo el cuerpo.
-Quién querrá comerse una pizza a las seis de la tarde de un miércoles de agosto asfixiante. Tendrá que ser un gord@ desesperad@ que se ha comido hasta las losas de su casa y no le queda nada por comer.- Abres de nuevo el mapa, estás en la zona, pero debes concretar. Te buscas, sitúas el mapa, y listo! Ya lo tienes. Heroico y triunfante reanudas tu audaz y potente carrera. El Mundo está contigo, la fuerza te acompaña. Toda esa gente que hace un rato se cruzaba contigo no son nada a tu lado. Bravo, eres un guerrero!! La victoria final está cerca, y tú lo estás saboreando. Esa pizza vale su peso en oro. La caja húmeda por el sudor de tus manos se mezclará con la harina asquerosa y le dará un sabor a auténtico valor. Quien se la coma cambiará su vida para siempre.
Todo merece la pena. Llegas a la portería del edificio, llamas al timbre.-Sí, quién es?-
-Soy quien le ha salvado la vida-. Disculpe, pero es que no le he entendido muy bien, qué dice…? - Que aquí le traigo su pizza!!- Mientras se lo dices piensas que ese tío no es merecedor de comerse tu pizza, ingrato!
- Perdone! Pero llamé para anular el pedido: es que me tengo que marchar. Sube que te la pago-
Cuando abres la puerta piensas en hacérsela comer a la fuerza, pero crees que es mejor aguantar la ofensa y apoderarse de un rostro inexpresivo.
Bajas a la calle con tu dinero. El asfalto con su mezcla de vidrio y cemento es más inexpresivo que tú. La misión casi ha acabado, debes regresar más rápido aún. Si antes corrías con porte decidido, aunque no tuvieras la menor idea de dónde irías a parar, ahora si lo sabes, y has de volar. De nuevo la gente molesta, parecen maniquíes ante tu velocidad. Un guardia te da el alto en un paso de cebra, lo ignoras, y a su altura le robas el pito de la boca. Un pequeño tesoro arrebatado en un acto de proclamación de tu yo íntimo y personal. El policía sale tras de ti, porque le has robado su pito. Los dos voláis por las aceras y por entre los coches. Al poli, herido en su orgullo, le asisten mil razones para detenerte. Ya está rellenando, mentalmente, el pliego con todos los preceptos legales que has vulnerado. No eres nadie, la ley vuela hacia a ti. Tú vas mirando hacia atrás y ves como tu perseguidor es otro fiel en el desempeño de su tarea. Le arrojas el pito a la cara con la fe puesta en darle en un ojo. Pero el repele lo que hasta ahora no había apuntado en su pliego mental de actuaciones contra ti: “agresión a un agente de la ley”. El pelo de tu cabeza es presa de suelo.
De nuevo el busca suena – qué coño querrá mi jefe, es que no deja a nadie tranquilo-.
Intentas en plena carrera llegar a la pizzería, lo consigues. A la altura de la puerta, que está abierta, lanzas el busca, el dinero y las llaves del candado. Ahora eres libre, no le debes nada a nadie, excepto un pito a un perro que te viene mordiendo los talones.
No te has dado cuenta, pero hay más polis ahí fuera que van a por ti, a muerte. Cómo osas robarle un pito a un poli?. No puedes parar ahora. Ahora si que no!
Pasas por en medio de lo que parece una manifestación. La gente está muy callada, aminoras el paso. “El Papa ya tiene sucesor!!”. Todos gritan, lloran y se abrazan.
- “Aleluya… ya hay Papa!!”- Grita uno desde un balcón con banderas a media hasta.
La gente se abraza, incluso a ti te abrazan, y tú abrazas. Que sensación más desconocida y tan curiosa, abrazándote sinceramente con desconocidos por la calle. Pero no se abrazan realmente a ti, se abrazan a ellos mismos y a su propia estupidez. Pero que más da, menudas tetas tenía la rubia.
No hay tiempo, los polis están merodeando por el lugar, te buscan como locos. Tú lo intentas, por qué no?. Abrazas a un poli y gritas – ya hay Papa, gracias a Dios!!-. El poli extrañado se abraza a ti. –Si hijo, si!-. Y sales pitando de aquel lugar. Por lo menos hay dos manzanas de distancia y parece que el nuevo Papa te ha salvado el pellejo. Nadie, cuando se lo cuentes, se creerá que fuiste salvado por el nuevo Papa.
Cerca de donde estás hay una plaza con una fuente. Te metes en ella y su agua te refresca, aunque más tarde te despelleje. Pero por qué no imaginar que la fuente sea una catarata de aguas puras. La adrenalina ha dejado de verterse por tus arterias. Ya más relajado te sientas en un banco, al sol, para secarte. Cuántos trabajos ha de pasar uno, piensas. Mientras, dejas que tus ojos vayan cerrándose, trayéndote paisajes de pequeño que te encantaban. Y te quedas allí, con sus aromas y sonidos. Cuando te despiertas, pasadas dos horas, seco y con casi todo olvidado, caminas hacia una tasca a tomar algo, y en un gesto único y verdadero conoces a la mujer de tu vida. Ves que lleva puesta la camiseta de la pizzería, una prenda de algodón bien empinada por unos pechos turgentes y rebosantes. Sus ojos se clavan en ti y tú te clavas en ella. Te acercas y le dices que te encantaría hacerle el amor. Ella cierra sus ojos, se abalanza suavemente sobre ti, sus labios acarician tu oreja murmurando sobre la moto que no encuentran. Demasiado tarde, el poli sin pito y el encargado están en la puerta con aire triunfante, con ganas de revancha. A ti te entran ganas de mear a raudales. Entras en el cuarto de baño y la suerte te acompaña por una ventana hacia la calle.
Allí te espera un hombre trajeado, que ha oído tu historia mientras tomaba una cerveza. Es abogado, y te deja su tarjeta para que lo llames, por si necesitas de sus servicios. Tú miras, sin hacer mucho caso al tipo, y te guardas su tarjeta.
Vuelve la adrenalina, quizás no te sigan, porque le dijiste a la chica donde estaba la moto. Ahora no hay nadie por las calles, tendrá que ser el fútbol. Un partido de esos de preparación para la liga. El fútbol manda, el mono de su ausencia es tan grande que los adictos, en masa, chupan tele por no poder inyectársela en vena, si no.
La calle está cortada, no hay escapatoria, y crees que por un pito esto es demasiado. Tu confianza cae, tu autoestima es encarcelada por el poder, que abre sus inmensas alas para hacerte sombra. Pero, y tus alas? Grandes o pequeñas, son tus alas. Sientes como tu energía sube por la columna, y como tu mente se despeja, y como tus piernas recobran la tonalidad muscular. Ahí estás otra vez.
Una furgoneta, tú encima de ella, y al lado un balcón por donde colarse. Te metes, pasas por el salón, pero el fútbol los tiene prisioneros. No te hacen caso, excepto una niña pequeña que te coge de la mano y te lleva a la puerta. Te da un abrazo, y dice: “ya hay Papa”. Hubiera sido perfecto aquel abrazo sin ese comentario. Piensas que no es bueno que la inocencia desde tan temprana edad se ensucie, pero es lo que hay. Subes hasta la terraza, y de allí al cielo. La noche está cerrada por allí arriba. En las ciudades la noche no baja hasta el suelo se queda suspendida en los tejados viendo el espectáculo que le ofrecemos.
Tras de mi, como una legión de fantasmas, una manada de hombres sigue la persecución. Pero ya es muy difícil que den contigo. Así que te acomodas en una buena terraza de alguien que se ha ido de veraneo. Y piensas, piensas…. Dejas la mente en blanco sin mucho esfuerzo. El cuerpo caído sobre la dura losa, te vas.
Sin enjuiciar nada ves cómo comenzó todo. Cómo la necesidad te lleva a representar tu vida, y te das cuenta de tu enfermedad, siempre viendo la ajena. Pero esta noche toca la tuya. Casi lloras, pues lo más hermoso con lo que te has cruzado hoy ha sido con la niña, y mientras te llevaba, agarrado por la mano hasta la puerta de la casa, has dejado de ser esa víctima, prototipo de una sociedad enferma!!. Sólo su mano te ha dado más paz y libertad que la que nunca has sentido. En un pequeño gesto simbólico, al abrirte la puerta te ha introducido en su mundo, y tú lo has cruzado, estás en el. Si te fijas bien, esta es su casa de juguete. Cada uno de esos transeúntes que esta mañana empujabas y tratabas de inferiores eran sólo una persona, la niña. Y tu caja de pizza, no te diste cuenta, no llevaba nada dentro, tan sólo dos cabezas de alfiler negros. Pero desde cuándo llevar una pizza es asunto de vida o muerte. Tú te has parado a ver hasta que punto es el Mundo el que te requiere para sus absurdas manipulaciones y necesidades, y cuántas de ellas son creadas por el hombre, por ti.
Cuando corres el Mundo es distinto. Esta mañana lo has comprobado. Sólo hay víctimas y vencedores, es lo que el ambiente despliega en aromas bastos de maldad y necedad, entre otros muchos, sutiles, que nos empeñamos en no querer ver. Por qué? No hay más sentido que el tuyo propio? Así los demás casi son intrusos, y tú tienes que mantener afilada la espada. Todo se desarrolla en movimientos únicos, muy rápidos. Tu punzada ha de ser certera y mortal. La velocidad es esencia, nadie tiene tiempo para pensar y su instinto es su propia guía. Te muestras tal como eres. Después tendrás momentos en donde te replantearás tus acciones, pero no hay tiempo. En una décima de segundo vuelcas tu alma, vomitas tus esencias, juzgas como un auténtico Dios, y dictas sentencia de por vida. Tienes una visión del Mundo y lo crees así, y crees que parar es un suicidio, porque los demás clavarán su mirada en ti, y te traspasaran violentamente. “Nada ni nadie sabrá de tu existencia cuando mueras, no eres imprescindible”. “Los animales débiles de la manada mueren antes, así es la naturaleza.”
Demasiadas frases hechas que condicionan una existencia, que, en ocasiones, nos habla en un extraño lenguaje. Como la ternura de la niña, que te ha hablado de otro modo.
Hay miles de formas de morir, y lo que has elegido como modelo de vida no es sino otra manera de hacerlo. No es que halla un modelo eterno, no. Al final siempre mueres. Así que tú eliges, o le das al Mundo lo que tú eres, o le das lo que ellos esperan que les des.
A pesar de tu velocidad intuyes algo. Escucha e inténtalo.
Cuando salgas de este escondite tendrás que elegir, o a la carrera o a tu ritmo.
Aún es de noche, miras a tu alrededor, no ves a nadie y te marchas. Todo está en silencio, algunos borrachos caminan por las calles despreocupados, deshechos por el alcohol. Te cruzas con ellos, uno quiere hablar contigo, o eso parece, pero tú le pones la mano en muestra de negativa. El se ofende, te insulta: “acaso te crees mejor que yo”. Te quedas inmóvil por un rato sin saber que decir, observando tranquilamente, mientras se acerca con ganas de bronca. Te escupe, y huyes de aquel escenario. Sin ganas de revancha, de seguir con lo que tocaba: romperle la cara a patadas.
Cerca ya de tu casa te pones a abrir la puerta cuando una mano te agarra por tu hombro. Tú te sueltas pegándole un codazo, el pobre poli gana puntos a favor de su causa. Vuelves a la carrera, pero esta vez te paras, decides que no más. Heroico o insensato, el caso es que decides parar y te apresan. Te llevas unos cuantos, lo asumes. Estás en comisaría, todos te miran como si fueses un exconvicto peligroso. Sus miradas son de auténtico desprecio y burla. Por un momento piensas en arremeter contra todos, quitarle la pistola a uno y freírlos a balazos. De veras que lo sientes, y ya estás estudiando el cómo y cuándo, pero desistes. Entras en un cuarto pequeño decorado tan solo con una mesa y una silla. Estás completamente aislado. El cerrojo no solo cierra la puerta de tu prisión, su ruido metálico es como el crujir de tus alas. Sientes furia. Tu pensamiento se ofrece como alternativa, y piensas en la pequeña. Piensas si esta habitación también pertenecerá a su casa de juguete.
Tienes que hacerle frente a la situación, tú lo has elegido. Sacas de tu bolsillo del pantalón la tarjeta del abogado. Lo llamas, es lo único que legalmente te está permitido, si te meas te jodes. Al cabo de dos horas te encuentras con el abogado en tu pequeña prisión, y empezáis a preparar la declaración. Tú intentas contarle lo que ocurrió y parece no mostrar ningún tipo de interés. Bosteza, y te mira con cara de que rollo me estás contando. Tú te callas, lo miras fijamente y piensas que a qué está jugando ese tío. El recoge tu pensamiento, y aclara que lo que necesita para defenderte es carnaza. La verdad le importa un huevo. Sólo debe ser convincente lo que al juez se le cuente, porque de la verdad, o no, ya se encarga él, y hay que ponérselo difícil. Carnaza, tú te recreas con esa palabra, te imaginas un grupo de fieras alrededor de ti intentando sacar tu mejor bocado, agarrándote por el cuello, y desgarrando tus entrañas. Mil ochocientos euros te sacan de tu lírica ensoñación, los mismos que el abogado te ha pedido por representarte. Aceptas sin pensarlo, para mañana. El abogado espera hasta que declaras y después se va. Menudo bicho, pero no conoces a nadie más.
En el juicio ya todo estaba pactado. No tienes ni que declarar, te dictaran sentencia y tú dirás que si. Es el mejor trato que ha conseguido tu abogado. Tu caso es bastante claro, y de enemigo la autoridad. Esos litigios están perdidos de antemano. Tú te lo crees. Tu abogado tenía planificada la jugada desde el día que oyó la conversación en el bar. Un trabajo cómodo, sencillo y bien remunerado. Ni siquiera te defiende, se limita a seguir las sucias reglas de un Mundo sucio. No obstante tú fuiste quien robó el pito. Mejor darse cuenta de cómo funciona el sistema con tu pequeño caso intrascendente. Aun así una multa de tres mil euros. No hay prisión, pero si una sentencia condenatoria.
Chaval!! No la cagues de nuevo por lo mismo, que a la próxima no habrá tanta suerte.
Hoy te tomas el día libre, vas caminando a casa, paseando por tu querido decorado de asfalto, cemento y vidrio. No piensas, tan sólo miras, y de repente alguien te da un fuerte empujón, seguido de unas palabras que se disculpan. Tú te fijas y ves que es un repartidor de pizzas. Aunque hace un segundo te hubieras lanzado a la carrera para ir tras él, te quedas totalmente inmóvil. Alguien te coge la mano y tira de ella con suavidad. Miras hacia atrás, ves a la niña que te sonríe ampliamente. En ese momento sientes que realmente eres un habitante de su casa de juguete e intentas abrazarla, pero la marea humana tira de ella. La sigues con la mirada vidriosa y el corazón tronando. Y no puedes evitar soltar un par de lágrimas, por ti, por ella, por todo. No sabes bien por qué, son lágrimas sin sentido pero llenas de agradecimiento, cariño, ternura. Vuestra presencia se difumina y el sentimiento os une. Ya, como mínimo, todo es un poco diferente. Y aunque te pierdas mil veces la tendrás a ella como punto de partida, pero mejor no abusar. Sabes que la niña te ha hecho consciente de tu propia inercia, pero no es fácil cambiarla. Necesitas, seguramente, que la vida siga a tu ritmo de siempre, no conoces otra manera de funcionar. Ella te ha regalado un sueño, y dudas, aunque tu pecho se hinche, como un globo, cada vez que ves su imagen en tu mente. Todo es cuestión de confianza, pero aun hay mucho miedo en ti, solamente que no reconoces cuánto. Duermes, y al día siguiente te levantas como nuevo, relajado, como si nada hubiera pasado. Tu mente racional a ajustado cuentas con tu tímida voluntad. Hay tregua hasta media mañana. Vuelves a sentir la punzada de la vida en tu estómago, como una eterna agresión que no acaba. Te paras por lo menos; vas a la cocina, te haces un pequeño desayuno; te centras en tu vaso de leche, en hacerte unas tostadas, en exprimir un cartón de zumo de naranjas. La gravedad se acomoda. Antes tu vida pertenecía a un sólo Mundo. Que putada!! Hoy parece que vas a tener que preocuparte por otro más. Una doble vida, interesante. Te pones mano a la obra, comienzas a imaginar y a racionalizar un nuevo paraíso. Acabas el desayuno y acabas con tu nuevo Mundo, chorradas!!.
En varias ocasiones te lo has preguntado, y sabes que darías lo que fuera por cambiar sólo un mínimo de esa gran parte que te aprisiona, que no te hace ser dueño de tu propio tiempo, que te desplaza a un segundo plano, donde el observador no vive, no cambia. Tan sólo anhelos, pasado, y vueltas en círculo que marean, haciéndote vomitar varias veces. Algo dentro de ti ha enfermado y corres el riesgo de hacerlo crónico. Quizás no te haces las preguntas adecuadas, quizás deberías cambiar la manera de hacerte las mismas. No sabes, pero sientes que tienes que respirar aire fresco, sentirte vivo. Tu indicador está en rojo y la palabra stop resalta como el brotar de la sangre. Párate, es más sencillo, sólo que tu miedo hace que exageres. Intentas convencerte, seguramente, de la imposibilidad. Justificarla con argumentos que vas planeando poco a poco, o que ya te salen automáticamente, casi sin proponértelo. Nada de eso te sirve, eres consciente de tu propio juego. Qué queda?
Tú ya lo sabes, pero hacerlo es harina de otro costal. Paralizado, esa sería la tónica, la gran verdad. Jamás nadie ha andado físicamente tanto para terminar tan cerca de nada. Estás justo en el mismo sitio, y eso hace que te recomas por dentro, que desvirtúes la realidad que ante ti se despliega, en imágenes, situaciones que continuamente vas programando, o debería decir que es tu miedo. Respiras hondo para intentar oxigenar tus músculos, aliviarlos de la pesada carga, es lo único que te mantiene, y te ayuda. Ni dulces rendiciones ni agradables victorias. Sólo abstractas condiciones de vida sin descifrar y un miedo voraz ante ella. Te sientes como si vivieras en una casa de gigantes, con enormes habitaciones decoradas desmesuradamente, con muebles terribles, de enormes dimensiones. Una cama que parece mas un desierto; una silla más grade que una montaña; unos techos que llegan hasta el sol. Y tú allí, habitando regiones desérticas limitadas por cuatro paredes. Una vertiginosa visión de un color único que te aplasta, te hiere, te enloquece.
Vuelves a respirar muy hondo para salir de tu pesadilla y dirigirte de nuevo hacia la niña, hacia la sensación que te provoca. Buscas como un perro de caza el origen de tu esencia y los por qués son más silenciosos si cabe. Vas bordeando ese camino que te hace oler las dos orillas: una eterna y otra terrena. Por el momento no sabes ver las dos en una.
Sales a la calle. Camino al kiosco ves en un cristal, de una pequeña tienda, una oferta de trabajo, en un viejo papel que cuelga de forma milagrosa por el único trozo de celo que lo mantiene en vida pegado al cristal: se busca persona para trabajo con mucho tiempo libre. Entras en la tienda y una enorme mujer de enormes ojos verdes te atiende amablemente. Esta vez la enormidad no te ha asustado, es más, has encontrado una niña grande. Todo ha salido bien, mañana te vas con su marido, que te va enseñar la garita donde vas a pasar una temporada, en medio de la nada, custodiando una carretera transitada por gentes de otros países. Tu trabajo consiste en cobrarles un peaje, nada más. Después de enseñarte tus cuatro metros cuadrados de reino y explicarte tu cometido, sólo el polvo se hace compañero tuyo, mientras que las ruedas del coche al alejarse dejan de oírse. Llora hombre, llora!. Desahógate, eso es bueno. Después vendrá la calma.
Mantas en el desierto, que tontería, con el calor que hace. Je, je!! Cuanto debes aprender. Ya notarás por la noche por qué cruje tu pequeño castillo de chapa. Es como un acordeón: se dilata de día y se contrae por la noche, con el frío que azota. Nunca has estado tan cerca de tu naturaleza, aunque por ahora no lo sepas. Ya habrá tiempo de descubrimientos. Por el momento es mejor que duermas, y así lo haces. Te dejas llevar y te duermes profundamente, como hace nunca, o por lo menos que tú recuerdes.
Cuando te despiertas, por la mañana, en un breve lapso de tiempo no sabes ni en que planeta vives. Abres los ojos, caminas hacia la puerta, y al abrirla el sol te baña por completo. Su calor te abriga suavemente, curándote el frío que aún queda en tus huesos. Es imposible, no puedes moverte, tampoco lo intentas, y allí te quedas. Cuando vuelves a abrir los ojos te das cuenta de algo que se te ha pasado por alto. Siempre que abrías la puerta de casa, para marcharte, era como di te dieran la salida en una carrera de cien metros lisos.
Aquel extraño sitio no lo parece tanto. Revisas tu pequeña mansión, piensas que unos pequeños retoques no le vendrían nada mal, hasta que un ruido lejano te saca de tus reformas caseras. Una masa de polvo parece dirigirse hacia a ti. Hay trabajo, coges un ticket del cajón. Al llegar a la garita, una pareja de rubios seres felices te dan los buenos días, y pagan su peaje. Abres la barrera y los ves desaparecer. Dónde Irán...?. Aunque realmente no te interesa.
Casi desnudo por el calor tórrido que te abrasa, no hay margen de acción. Quietud y algún que otro movimiento inconsciente.
Supones que tienes algo que aprender en este desierto. Seguramente el contraste de la noche y el día. La rapidez de los habitantes de este singular Mundo, que caminan como los personajes que salen en las pelis a cámara rápida. El Sol da la vida, entre otras muchas cosas, pero aquí también la quita a poco que te descuides.
Hace ya casi un mes que no pasa nadie por aquella extraña carretera, que se pierde tierra adentro en un espejismo vaporoso por el día. Es como si el horizonte deshiciera la materia y se la fumara.
Recuerdos de etapas pasadas son cada uno de los rayos de sol que te alcanzan. También hay vapor en tu mente, y ves un horizonte inalcanzable que te separa mucho de ti. Los por qués, por ahora, no tienen respuesta, no traen nada. Demasiada presión para un día recalentado.
Paciencia te dices. Paciencia es lo que no hay, paciencia es lo que tendrá que haber. Hay lugares, buenos ratos, amig@s. Mujeres que van unidas a una melodía, a su sexo, a sus temores, a sus alegrías, y a un desconocimiento enorme de quiénes son.
Queda poca comida. Echas un vistazo a tus reservas, contando los días, por ahora no decides nada. De nuevo la punzada en tu estómago, sabes que habrá que empezar de nuevo. Otra vez el miedo.. mierda!
Un día más sin que nadie se pase por allí. La noche trae un poco de desesperación. Creías que el desierto era un buen sitio, ya no estás tan seguro. Sentado, en medio de aquella chabola, decides no pensar, procuras no pensar. Te dejas llevar con cierto aire de victimismo e impotencia, y clamas a Dios por no entender nada. Así estás un buen rato hasta que algo, en medio de la noche, te sorprende. Es como si tus oídos te los hubieran taponado, como cuando uno se mete bajo agua. Abres los ojos pero la sensación sigue ahí. Cierras de nuevo los ojos para escapar, no puedes, y una minúscula luz naranja aparece en tu mente. Poco a poco notas como la sensación del lado izquierdo de tu cuerpo desaparece, es imposible moverlo, a la vez que un cosquilleo comienza a subirte por la base de tu columna. Conforme va subiendo sientes un pánico enorme, porque dejas de sentir tu lado derecho.
Inmediatamente abres los ojos, es lo único que conscientemente puedes hacer, pero un silencio aterrador, una paz infinita se vuelca en ti. Por todo tu cuerpo se oyen pequeños chasquidos que traen aún más ligereza a tu cuerpo. Notas una ingravidez total, hasta que el hormigueo que te sube por la columna eriza toda tu espalda y cabeza. Todo estalla en una luz naranja, y en una fuerza brutal que te ahoga y te hace sentir enorme. Has sido incapaz de relajarte y ahora temes por tu vida. Una presión enorme se cierne en tu cuello y crees ahogarte. Fuera de la caseta, el graznido espeluznante de un ave te dispara la imaginación sobre algo no muy bueno. Temes ver a alguien, temes morir, temes, temes….. Intentas andar, hacer algo que rompa aquel mortífero trance, y caes rendido al suelo. Te levantas al cabo de un rato, y vuelves a caer, entendiendo menos.
Tras varios días deambulando, con los víveres casi agotados, decides que es momento para dejar aquel sitio. El miedo puede, una vez más. Extraños sueños se apoderan de ti. Una persona te guía por vidas pasadas, enseñándote lo que no debes repetir en esta otra oportunidad de vida. Alguien se está tomando la molestia de ayudarte, pero todo es demasiado extraño para ti. Pasarán días para que empieces a entender algo.
Las mismas preguntas, con sus idénticas respuestas. Pero hay algo que ha cambiado, sin saber qué.
Hay un tipo de realidad difícil de hacerle frente, porque exige un rendimiento, una velocidad, un decir y hacer siempre lo mismo. Y otra vez, y otra, y otra……. Pero lo que te ha regalado la soledad de aquella tierra, deshabitada humanamente, es otra forma de preguntar, otros modos que ahora has de saber poner en práctica, confiar y reandar el camino en esta jungla de ladrillo y asfalto.
El despertar por las mañanas era poderoso, lleno de vitalidad, y uno sentía agradecimiento por estar simplemente vivo, por ver el sol y sentir como cada mañana te bañaba cálidamente hasta la extenuación
Los víveres eran escasos pero siempre los justos, y se saboreaban con auténtico deleite. Una manzana o un plátano, un plato de verdura, una lagartija o un simple sorbo de agua eran manjares divinos cuyo poder de alimento se amplificaban en tu interior como nunca antes lo habías sentido. Saboreabas con gusto y necesitabas mucho menos para vivir. Cualquier ser vivo que entraba por tu boca, ya fuera de origen animal o vegetal, merecía tu máximo respeto y admiración. Tu destierro te enseñó que la vida cotidiana está completamente llena de actos de sacrificio por los que dar gracias si quieres seguir viviendo integrado en la rueda de la vida.
Ahora, de nuevo en el Mundo real, todo lo aprendido parece una ensoñación, un sueño irreal.
Compartes piso, necesitas comer, necesitas generar dinero, cómo.., dónde… Lo que sabes hacer es repartir pizzas, y con todo el miedo del Mundo te encaminas hacia una pizzería, a pedir trabajo. A tu miedo de siempre le vienen nuevas visiones, preguntas. En tu Mundo irreal aprendiste cual era tu ritmo, que el miedo servía de poco cuando todo tú eras el, y que por mucho que te empeñaras en algo tenías que aceptar ese tanto por ciento que no dependía de ti, y que hacia que las cosas tomaran distintos aires.
Todo se vuelve a repetir. Tu primer día de trabajo y las cosas no cambian, es más, están igual que como las dejaste. Te dan un callejero y una moto. No puedes dejar de sonreír cuando ves aquella motocicleta vieja y destartalada. Tu risa no es por desquicio, esta vez sientes la grandeza del Mundo, de cómo la mano invisible mueve los hilos, o quizás sea una capacidad enorme que tenemos de generarnos nuestra propia realidad, más allá de donde nos alcanza el entendimiento, o ambas cosas a la vez.
Antes de recomenzar la carrera, serenamente buscas la calle en el mapa. Cuando lo tienes claro sales, arrancas aquella joya de la posguerra, en medio de su charquito de aceite y gasolina, respiras hondo y aceleras. Como no podía ser de otra manera, cuando te quedan un par de calles, tu viaje en moto termina inexorablemente. Que no! No arranca por más que te empeñas. Se te ocurre llamar por teléfono, pero temes que pensarán. Que más da lo que piensen. Si haces o dejas de hacer las cosas por los demás aborrecerás el Mundo, lo odiarás, y jamás darás con tu felicidad. Convertirás tu vida en un mosaico de ideas preconcebidas, de juicios de valor que irán contra ti como puñales afilados, y lo más triste es que tus ojos de niño se cerraran hasta no se sabe cuando. Y nadie, ni nada, podrá devolverte a la vida. Vivirás, claro que si, pero a medias, y nunca amarás realmente. El misterio desaparecerá como herramienta de autoconocimiento. Tu idealismo se irá esfumando, y de aquello que huías ahora será tu alimento. Dejarás que tu voz, en vez de ser un vehículo de belleza, se convierta en una queja, en una excusa reiterada de tus miedos. Sin expresión auténtica, como un eco insoportable que te pudre la cabeza y las entrañas. Pero no sólo tu voz hablará de ti, también tu forma de acariciar, de coger, de hacer una pequeña ensalada para comértela. La máscara con la que viniste a este Mundo se fijará en tu cuerpo y te fundirás a ella, y te confundirás. Y las máscaras de los demás será lo único que veas. Todo será bastante más feo y menos divertido.
Coges tu móvil y llamas a tu encargado y le comentas lo sucedido.
- Pedro! Oye mira, soy Mario. Que la moto se ha parado y llamo para que sepáis que tardaré en llegar. La calle está muy cerquita de donde estoy parado, así que iré andando. Venís a por mi o llevo la moto hacia la pizzería?
- Cómo se te ha parado la moto, nunca falla, que has hecho?
El cosquilleo comienza en tu estómago, la agresión parece que comienza. -Qué tal si te metes la moto por el culo, con tanto aceite que pierde lo mismo te entra suave? Piensas en una décima de segundo, pero contestas: - se ve que las motos y yo no nos llevamos bien.
- Bueno no te preocupes! Entrega la pizza y espéranos junto a la moto, enseguida estamos ahí.
- Vale, de acuerdo…Gracias!.
Esas gracias resuenan dentro de ti como un bálsamo que apacigua a las fieras. Por una vez has sido capaz de retener tu impulsividad, y un pequeño rayo de confianza ha alumbrado tu interior. Una vez sentiste esta calma, provocada por la niña cuando te cogió la mano en la calle. La gran diferencia es que ahora la has provocado tú. Serenamente entregas tu pizza, y una generosa propina se cuela en el bolsillo de tu camisa. Vuelves a dar las gracias con verdadero afecto, mirando a los ojos, deseándole un buen provecho. Que más da si la pizza es más o menos buena, el caso es que esa persona eligió comerla, y es todo cuanto tú puedes hacer. De vuelta, piensas que de todos los yos que puedes llegar a ser este es el más confortable. Si le hubieras dicho a tu encargado lo que pensaste, estaríamos en el otro yo egocéntrico, asustadizo. Aquel que ve la vida como una agresión continua, en donde la comprensión, la imaginación, la flexibilidad no existe. Sólo impaciencia y dolor. Y no es que otro yo te salve de la angustia, pero te puede aportar conocimiento y crecimiento personal.
Caminas alegre por la calle. Dentro de ti hay un impulso que te invita a vivir por primera vez como si la vida fuera un reto, un misterio por el que vale la pena seguir. Para vivir sólo hay que sentirse vivo. Hoy es un día hermoso, disfrútalo.
En tu segundo reparto, la calle a la que llegas te resulta familiar. Tu corazón se acelera sin saber por qué. Miedo, alegría?
Al tocar el timbre te abre Dios. Una hermosa niña que hace un tiempo te invitó a entrar en su casa de juguete. Le das la pizza y te da las gracias con el dinero.
- No, gracias a ti. El dinero quédatelo, yo invito.
Tu pecho parece reventar. El amor que sientes por la niña hace que te sientas bien, y te das cuenta que, no muy en el fondo, no sabes amar. Ni te imaginas el poder tan grande que reside en ese sentimiento de pura libertad.
Le das un beso y le preguntas por su nombre. Rocío responde la duendecilla.
Al alejarte de su casa te das cuenta que por la parte de atrás hay un gran solar con una chabola muy parecida a aquella en la que estuviste. Aceleras y ríes de puro agradecimiento y amor, alejándote hacia tu próximo destino, sin dejar de pensar que sobrevivir es cuestión de suerte, Amar no. Y como todo en la vida se puede aprender, con paciencia, humildad y una gran dosis de fe en uno mismo, en los demás, en la Nada que continuamente nos rodea. Descubriendo cada día, pidiendo que por favor, se muestre todo aquello que uno es incapaz de amar, y así intentar hallar los límites. Y viejas preguntas serán contestadas para dejar paso a otras nuevas, en un continuo y dinámico fluir de sensaciones, emociones que darán paso a nuevos colores, nuevos retos, nuevos caminos con una única dirección cada vez más clara: Amar la vida sin juzgarla.